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Hay que ser feliz

¡La felicidad! No existe palabra con más acepciones; cada uno la entiende a su manera.
Cecilia Bohl de Faber
De pronto, el calendario lo indica y todos nos desean felicidad.
Diciembre es tan generoso, tan amable.
Una marca de fideos nos desea felicidades por televisión; una casa de artefactos
electrodomésticos anhela que seamos felices en este año que comienza; un banco nos envía un escrito de puño y letra de su gerente donde nos manifiesta sus ansias de felicidad para nosotros; todos los calendarios de todas las panaderías, con sus fotos de gatos tiernos, sean o no sean de nuestro barrio, vayamos seguido o sólo de vez en cuando, nos exhortan a que tengamos felicidades por estos días; un hombre en la fila de la farmacia, con quien no intercambiamos más que quejas por los precios de los medicamentos, después de pagar el suyo nos despide augurándonos: felicidades.

Nadie ansía de nosotros que seamos felices en agosto, o en marzo. Hay una fecha inamovible para ese deseo, y el deseo parece cumplirse y la felicidad (ese bien que tanto trabajo les ha costado describir a los filósofos y a los psicoanalistas, esa compleja arquitectura que a veces es tan simple, y a veces tan lejana), como quien no quiere la cosa, se vuelve sinónimo de los petardos y de los fuegos artificiales, y también de los corchos de sidra que caen sobre los solteros.

De pronto, el calendario lo indica y todos nos desean felicidades, (diciembre desborda de buenas intenciones y de mensajes emotivos).

Que seamos felices en esta fiesta nos piden los conocidos, los desconocidos, las marcas de salchichas, las compañías de celulares, los taxistas, los porteros, los familiares lejanos y cercanos.

La felicidad parece rebasar en los shoppings y en las publicidades, y uno empieza a sospechar que si no es feliz en Año Nuevo está desilusionando al resto, y, lo que es peor, que se esta perdiendo la oportunidad más segura de serlo que ofrece el año, la posibilidad mejor organizada de alcanzarla que nos depara el almanaque.

Afortunadamente, algunos indicios muestran que la felicidad atiende cuando quiere.
Alguien me cuenta que, noches pasadas, llamó a una rostisería para pedir que le enviaran comida y ella atendió.
“Habla Felicidad –dijo– ¿en qué puedo servirlo?
Por unos segundos pensó que pedirle a la felicidad una milanesa era un despropósito. La pidió igual. Cada uno sabe qué hacer con su felicidad.
Y esto, más allá de lo que determinen para nosotros los calendarios, o gracias a las propuestas que ellos nos ofrecen.
Felicidades, de todas formas, de cualquier forma, a todos los lectores.
Felicidades para cualquiera de los días de este año nuevo que comienza.


Fuente: La Nación 28 de diciembre de 2007 http://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/columnistastodos.asp

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