50 imágenes de 50 años

Fotos para vernos en el reflejo de sus historias.

Uno de los hitos de la celebración por el 50 aniversario de la Escuela de APADIM, el viernes pasado fue la exhibición de una muestra de fotos que recorren momentos de la historia institucional. Desde sus inicios en la vieja casa de calle Derqui 34, en el corazón de Nueva Córdoba (que como a tantas casonas que otrora caracterizaban al barrio no resistió la metamorfosis de la zona y fue derrumbada para levantar un edificio) pasando por las casas en Av. General Paz, la también histórica casa de calle 25 de mayo, donde continúa hasta hoy funcionando la Fundación Apadim (organización que nació para apoyar la asociación y que hoy desarrolla sus propios servicios y proyectos) hasta llegar a la actual sede en el amplio predio de Vélez Sarsfield 5000; las imágenes muestran más que los cambios de escenarios: se asoman a las continuidades y transformaciones de un proyecto educativo con cinco décadas de vigencia.

Para realizar esta muestra trabajó una de las comisiones que formaron lxs trabajadorxs de la escuela al inicio de los preparativos de los festejos del 50 aniversario. La investigación documental, la selección de fotografías, la reflexión respecto de los sentidos que motiva la muestra, las lecturas que despierta, la digitalización y restauración de algunas fotografías deterioradas fueron algunas de las tareas que se desarrollaron. En este proceso también contaron con el apoyo del área de comunicación de la institución.  Finalmente el montaje de la muestra contó con el apoyo de la Dirección de Capacitación y Extensión Legislativa, de la Legislatura de Córdoba, quienes colaboraron con el préstamo de los paneles que se usaron para la muestra.

Uno de los hitos de la celebración fue la muestra de fotos que recorre la historia institucional

De transformaciones y continuidades

La profunda transformación de paradigmas que nos atraviesa en la última década, (aunque resuena desde muchos antes) impacta también, de manera notable, en la percepción de los escenarios en los que se llevan adelante los procesos de formación educativa de estudiantes con discapacidad. En los últimos años se han abierto al fin las puertas de muchas instituciones educativas donde asisten el resto de los y las estudiantes, ya no como una posibilidad excepcional para algunas personas sino, al menos en esta etapa, como momentos sostenidos en la formación de la mayoría los y las estudiantes con discapacidad.  Hoy casi todos los niños y niñas con discapacidad intelectual cursan el nivel educativo inicial en escuelas de nivel (las escuelas comunes, en términos coloquiales), muchos continúan haciéndolo en el nivel primario, y algunos están llegando a completar la educación secundaria también en escuelas comunes.  Cada vez queda más claro que el rechazo de estudiantes con discapacidades en las puertas de colegios comunes son actos de discriminación denunciables; y comienzan a verse cada vez más procesos de aprendizajes al interior de las aulas, que se van transformando de escenarios de integración (en los que los estudiantes con discapacidad se adaptan al contexto) a experiencias de inclusión real. Todo parece indicar que la tendencia seguirá avanzando favorablemente hacia la convivencia inclusiva.
Al mismo tiempo el escenario de la educación especial también se ha transformado, desde su homologación en los papeles a la educación común, pero sobre todo desde transformaciones culturales que vienen renovando la identidad de las instituciones y profesiones: la conformación como apoyos (institucionales y profesionales) para procesos inclusivos y aulas diversas, viene actualizando la importancia del rol y saberes especializados.  E incluso las puertas de las escuelas especiales se van abriendo a estudiantes que antes no encontraban oportunidades de formación acorde a sus particularidades y quedaban fuera; al tiempo que se ha enfocado de manera contundente en aspectos de la educación que décadas atrás parecían exclusivas de la escuela común.  Hay quienes dicen que hoy el desafío es que la escuela especial sea cada vez más escuela y menos especial.

En los últimos años se han abierto al fin las puertas de muchas instituciones educativas donde asisten el resto de los y las estudiantes

Que la actualización tecnológica también atraviesa las aulas, las familias y la vida social contemporánea en general no es una novedad. Lo que un proyecto educativo puede construir como oportunidades para nuevos proyectos, para promover la comunicación, la autonomía y el ejercicio de derechos, sí puede serlo.  Sin embargo, es interesante ver en imágenes con colores gastados la "sala de computación" con las viejas computadoras, pantallas con programas didácticos y que muestran nombres escritos por estudiantes que hoy son personas adultas: la tecnología informática no ha sido un factor extraño en la historia de la escuela en los últimos 15 o 20 años.

Las imágenes muestran más que los cambios de escenarios: se asoman a las continuidades y transformaciones de un proyecto educativo con cinco décadas de vigencia.

Cinco décadas acercándonos a la experiencia de enseñar y de aprender. 

La escuela que tiene historias escritas en las paredes, tiene objetos impregnados de relatos.  Tiene cajas que guardan recuerdos. ¡Que salgan esos registros! Que reaparezcan, no para verlos desde la nostalgia o juzgarlos a la luz del presente, sino precisamente para vernos en el reflejo de esas historias, para vernos con más claridad en este presente, para hacer el ejercicio colectivo de la memoria. Que nos interpele la historia, las historias, las que no se escribieron pero reaparecen una y otra vez en las miradas. ¿De qué hablan esas miradas?
Las imágenes muestran los pliegues y recovecos de una experiencia que se reedita y se renueva en cada encuentro cotidiano, en aulas, en los patios, en los actos, en los juegos, en las carpetas de estudio. Cinco décadas de historia, entre rupturas y continuidades. Entre transformaciones y convicciones inalterables.

¿Qué nos dicen esas imágenes?  Vemos diálogos, de antes, de ahora, vemos miradas que construyen realidad. Ahí se construyen en conversaciones, nuestras realidades con el otro.
Vemos diseños curriculares, vemos paradigmas distintos, vemos ideas de distintos tiempos, vemos los pasos de la normalización a la diversidad, de la integración a la inclusión. Y también vemos que siempre ha sido un espacio que recibe, que aloja y posibilita la producción de historias y la proyección de futuros.
Vemos tiempos distintos, en los colores pero también tiempos distintos en cada uno, tiempos y modos de aprendizajes únicos.  Vemos una escuela que se construye con los tiempos y modos de cada uno, de cada una.

Que nos interpele la historia, las historias, las que no se escribieron pero reaparecen una y otra vez en las miradas.

¿Cómo queremos la escuela? La escuela, como un espacio y un tiempo que viene de antes y de afuera, se abre puertas, se hace camino con otras escuelas y espacios de la vida. Alentando ese “deseo de saber”  que se descubre, que se construye.

Escuela como puente, la escuela que borra etiquetas y lee nombres propios. La escuela que subjetiviza, que reconoce cada uno, cada una.  La escuela como espacio para la experiencia, la escuela como institución “dispuesta a perder el pie y dejarse arrastrar por lo que le sale al encuentro, a transformarse en una dirección desconocida ”
Escuela que anda entre las palabras y las cosas, escuela que amasa conceptos con plastilina, escuela de tierra y semilla germinando, escuela que se riega, que aprende el mundo  amasando, armando, inventando, haciéndose, caminando.
La escuela como espacio que se abre, se deja interpelar, recibe y se reconfigura. Que hace lugar a quienes llegan, que se pone a disposición de quienes vienen y que recuerda a quienes se van.  Escuela que hace lugar a la comunicación, a hablar, leer y escribir, a producir sentidos.  Escuela que crea las posibilidades para la producción de conocimientos, con esos tiempos y modos singulares de cada uno, de cada una.

Así te queremos, escuela. 


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